Soltar el pasado para ser libre

Imagen de Marcus Dupuis. “Sendero hacia las Rocky Mountains”.

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A pesar de que nunca sabemos lo que va a pasar, nuestra tendencia en los momentos de inseguridad es enfocarnos en la peor fantasía. Nos parece que apegarnos a lo peor que podría pasar nos la cierta seguridad.

El que está apegado, está pegado al suelo porque no quiere perder el contacto ni la seguridad que le da el espejismo de estar controlando la situación. Observar la situación desde otro punto de vista dejará el espacio suficiente para que aparezca la solución.

Cuando dejamos de observar desde ese punto de vista fijo, estamos perdiendo contacto con el suelo, dejando de enfocarnos en el pasado y empezando a enfocarnos en el vacío… el único espacio que contiene todas las posibilidades. Un problema se crea y también se mantiene solo cuando insistimos en enfocarlo desde el mismo punto de vista.

 

En una ocasión me encontraba con una amiga conduciendo en el desierto del Sáhara. Tenía calor, la boca seca y pensé en parar a comer unas naranjas que llevaba en el portaequipajes. Mi amiga estaba nerviosa porque aseguraba que nos habíamos perdido. Hacía muchos kilómetros que no veíamos a nadie, en su opinión ya deberíamos haber llegado y estábamos adentrándonos en el desierto sin provisiones.

En absoluto le pareció una buena idea que nos detuviéramos para que me comiera unas naranjas. Me dijo que ella seguiría conduciendo mientras comía. Eso hicimos, aunque no me dio tiempo a saborear la primera naranja porque antes de que hubiera terminado de pelarla, el vehículo había quedado encallado en un banco de arena, ella seguía acelerando y el vehículo se hundía aún más en la arena.

Salí del coche y me senté en unas piedras a comer la naranja mientras primero escuchaba sus quejas y luego sus gritos. Decía que nadie nos iba encontrar ahí, en mitad del desierto y además, que cómo era posible que yo me estuviera comiendo una naranja tranquilamente mientras ella gritaba de desesperación.

Cuando terminamos -ella de gritar y yo de comer naranjas- ocurrió algo que nos pareció increíble a  ambos. De un instante a otro y como aparecido de la nada se presentó frente a nosotros un beduino con un asno. Pensamos que era un espejismo. El “espejismo” hablaba francés y nos ayudó amablemente a sacar el vehículo con su asno; también nos indicó el mejor camino para llegar a nuestro destino. Agradecido, retomé el volante del vehículo y continuamos el viaje. Mi amiga, a día de hoy, aún no da crédito a lo sucedido.

 

Ahora imagina una casa que ha permanecido cerrada por mucho tiempo. Se abren las puertas y ventanas y entra la luz. Uso este ejemplo como una metáfora de la llegada de un nuevo nivel de conciencia. La luz que entra hace que queden a la vista las cosas viejas que aún permanecen ahí, y aunque sabemos que hay que tirarlas porque ya no nos sirven, nos resistimos a ello porque son cosas a las que hemos dado mucha energía en el pasado.

En realidad a lo que estamos enganchados es a una sensación del pasado, una sensación que ya se fue y que seguimos proyectando en esos objetos a los que aún estamos apegados. Debemos abrir la ventana y dejarlos salir para permitir que vaya entrando lo nuevo.

A pesar de saber que hemos venido aquí a ser libres y también que soltar el pasado supone una gran liberación, esa libertad, ese soltar nos da miedo. Y es que entre que soltamos lo viejo y aparece lo nuevo hay un espacio vacío que nos puede provocar vértigo… el vértigo de no tener nada.

 

Creemos que el juego consiste en tener siempre algo en las manos; de ahí que sólo soltemos algo cuando sabemos seguro que podemos coger otra cosa. ¿Y si el juego consistiera en quedarse con las manos vacías? Podríamos mirarlo no como una carencia que es resultado de no coger cosas, sino como un vacío creado por haber sido capaces de soltarlas, con la potencialidad de atraer lo realmente nuevo.

Mientras nuestro personaje tenga las manos ocupadas con lo viejo por miedo a soltarlo, no se puede dar entrada a lo nuevo en nuestras vidas. Mientras tanto, el Ser no deja de atraer cosas nuevas que probablemente se nos escapan.

 

El proceso es el siguiente: el Ser atrae lo nuevo y vemos cómo se acerca; el personaje, vislumbrando la posibilidad de lo nuevo por un instante, tiene miedo a soltarlo viejo. Entonces no queda más remedio que ver cómo se aleja, quedando la sensación de que no conseguimos liberarnos de lo viejo perdiéndonos lo nuevo.

 

Para pasar del CONTROL al SOLTAR RECUERDA QUE…

… el juzgar una situación como “mala” y el sentirte inseguro respecto a ella es lo que te lleva a intentar controlarla. La clave para alinearte con lo que está ocurriendo es darte cuenta de que lo que está pasando es lo mejor que puede pasar.

… te resistes a soltar por miedo al vacío que se crea entre que sueltas lo viejo y llega lo nuevo. Confía en que ese vacío es necesario para permitir que la Vida siga trayéndote regalos.

… más allá dejar de controlar y más allá de lanzarte al desafío de soltar, está la confianza en que la Vida ya está ahí para que cumplas tu propósito.

 

REGRESANDO A LA UNIDAD…

La libertad es algo que se siente, no que se tiene. Se siente dentro, en un lugar en nuestro interior que es libre, que siempre lo ha sido y lo será. Esa libertad es la que nos permite decir “sí” a todo lo que la Vida nos trae, y la que nos permite comprometernos con lo que trae el momento.

Mientras queremos ser libres o estamos buscando nuestra libertad,  nunca va llegar, porque nos sentimos atrapados o prisioneros. Sólo podemos ser prisioneros de nuestra propia mente y sus pensamientos. Libera tu mente y tu cuerpo será libre, no importa lo que pase. Ahí se revela la libertad interior, la verdadera liberación.

*extracto del libro La numerología del Ser. Los 9 caminos de retorno a la Unidad”

El potencial latente en ti

 

Recuerdo haber iniciado mi estudios en el instituto sintiéndome sola y perdida.

En aquel momento me parecía una certeza que todos mis compañeros tenían definida su identidad y sus objetivos, por lo que sus vidas irradiaban un brillo del que carecía la mía.

Por más que intentaba definirme a mí misma y qué trayectoria académica quería seguir, no atinaba a tomar decisiones rotundas acerca de ninguna de las dos cuestiones.

Lo cual me generaba vergüenza, al compararme con los demás, desilusión y la sensación de estar embarcada en una lucha sin tregua conmigo misma, en la que ninguna voz interior asomaba para dejar constancia del itinerario a seguir.

Recuerdo haber sufrido mucho por ello. Si no hubiera existido interés o capacidad, las posibilidades se hubieran acotado sustancialmente hacia la trayectoria laboral Seguir estudiando resultaba, por inercia, la opción más fácil; pero en tal caso ¿qué? y ¿para dedicarse a hacer qué? Resultaba una incertidumbre muy dolorosa que, además, no compartía con nadie.

Una vez pasada la edad entorno a la cual se supone que la adolescencia concluye, la claridad y la sensación de saberse alineada, desarrollando un deseo de “ser algo en la vida” no aparecieron tampoco.

Me sentía sin incentivos, sin habilidades específicas, sin ningún talento evidente, sin especial potencial en ninguna área y sin un interés concreto en desplegar alguna capacidad ni de tomar acción intencionada hacia ningún destino.

Cubiertas las necesidades básicas de supervivencia, estima y relación, cualquier otra aspiración me parecía un imposible al que había dejado de dirigirme.

Era desalentador, fui perdiendo la ilusión y las ganas de disfrutar. Me sentía fracasada, con un cansancio infinito, y, durante un tiempo, sin ganas de vivir, absorbida por pensamientos sombríos sobre mí misma.

Dicen los expertos que podemos llegar a tener más de 70.000 pensamientos al día sin ningún tipo de esfuerzo. Que eso es lo normal, visto que el “trabajo” de la mente es producir pensamientos.

No obstante, el pensamiento llamado “mente de mono” o pensamiento caótico -ese que te lleva a vagabundear de un pensamiento a otro, como si fuera un mono de rama en rama, y terminas por no saber en qué estabas pensando al principio o para qué entraste a una habitación tan solo 20 segundos antes de hacerlo- no es la tendencia natural de la mente.

Y lo curioso es que la mente no sólo salta de pensamiento en pensamiento sino que por el camino se recrea creando todo tipo de interpretaciones subjetivas. Lo cual entorpece nuestro bienestar por el hecho de que nuestros pensamientos son los responsables de nuestras emociones. Así que la calidad de los pensamientos que tenemos determina la de nuestros estados de ánimo y, por ende, acciones.

Hay herramientas para controlar pensamientos y emociones, para silenciarlos, para intensificarlos, para cambiarlos, para observarlos desde la distancia, para explicarlos, etc.

Y es una gran bendición que así sea. Aunque no soy experta en ninguna de esas técnicas, he experimentado y, sigo haciéndolo, con varias de ellas.

Sin embargo, en mi caso particular, ninguna me ha ofrecido alivio respondiéndome a la pregunta de porqué algunas personas parecen vivir una vida de bienestar, facilidad, fluidez y otras no.

Hasta que asistí al curso sobre Propósito de vida y me percibí, por primera vez en mucho tiempo, entre iguales, constatando que en el mundo habitaban más personas como yo, perdidas personal y profesionalmente.

Unas estaban desempleadas, otras  tenían la inquietud de dedicarse a alguna cosa distinta, otras no estaban para nada conformes con lo que hacían. Con miedo, con dudas, con una fuerte impresión de falta de sentido y de necesidad de hacer algo diferente sin saber muy bien qué cosa.

En ese curso aprendí nuevas y fascinantes informaciones como que todo (absolutamente todo) lo que existe en el mundo tiene un sentido, una intención, una misión o propósito.

Con los objetos, como la pantalla a través de la cual leer este texto, resulta evidente que es imprescindible que para que esté en el mundo, antes tuvo que surgir la necesidad de poder escribir y leer textos en un dispositivo electrónico, con todas las ventajas que eso puede conllevar respecto del lápiz y papel.

Muy a grosso modo: alguien tuvo esa necesidad, la ideó, imaginó o proyectó en su mente y después la plasmó en la realidad.

Lo mismo con las profesiones, el oficio de fontanero existe porque antes hay una necesidad que cubrir: la de instalar tuberías, reparar grifos, etc.

Con otro tipo de manifestaciones físicas, a mí no se me había pasado por la cabeza pensar que si existían era porque tenían un propósito y que, de no tenerlo, no estarían físicamente en el mundo: las piernas porque en algún momento tuvimos la necesidad de desplazarnos erguidos, el trigo para alimentarnos, el cansancio para que hagamos una alto y descansemos, las dificultades para que saquemos capacidades y estrategias que ignoramos que poseemos, etc.

Lo que más me impactó fue la noción de que la vida humana y, claro, la mía en particular también, pudiera tener una finalidad determinada; que había nacido para desempeñar una misión que nadie más podía desempeñar en mi lugar y que, además, contaba con una serie de habilidades y valores innatos –aunque no fuera consciente de ellos- para llevarla a cabo con eficiencia y que, al hacerlo, mi vida me resultaría totalmente coherente, motivadora y apasionante, puesto que estaría entregándole al mundo lo mejor de mí misma.

¡Guauuuuu! Podía ser cierto o no, creerlo o no, pero la verdad es que con tan sólo abrirme a esa posibilidad en mí se produjo un cambio y mi vida empezó a tenr el sentido que hasta entonces no le había encontrado.

La verdad es que visto desde el lugar en el que estoy ahora tenía completo sentido, pues ya iba a ser raro que si todo en el Universo tenía una misión o propósito para existir, porqué no iba a tenerla yo también (luego he aprendido acerca de eso, del ego, de que tanto la soberbia como la baja autoestima vienen a ser lo mismo, sólo que en extremos opuestos de un péndulo. Y, por supuesto, su utilidad ha tenido en mi vida).

Sin tener aún siquiera certeza de hacia dónde derivaban mis posibles dones y talentos esa información infundió un equilibrio, un orden, una ilusión y un norte olvidados para mí.

Con las visualizaciones efectuadas en el curso descubrí, para mi asombro, en qué momentos de mi vida estaba poniendo de manifiesto esas capacidades especiales que me hacían disfrutar y con las que no se me había ocurrido que podía ganarme la vida.

¡Al fin sabía qué deseaba hacer! No puedo explicar con palabras el antes y el después que marcó ese conocimiento en mi interior en aquel instante (y pasito a pasito también en mi exterior).

 Y no únicamente “en abstracto”, mediante la introspección y potentes ejercicios de visualización, sino que salí del curso con una idea clara de cuál era incluso el primer paso que tenía que dar para encaminarme, de forma genérica, hacia ello.

La falta de conciencia, de claridad y la sensación de fracaso se disiparon aquel día. Y la vida empezó a cobrar un sentido nuevo, ilusionante y fresco para mí.

 No te voy a decir que a partir de entonces todo ha sido fácil, que siempre me he mantenido en ese estado de pasión y que enseguida me puse a desempeñar esa actividad a través de la cual puedo ofrecer mi contribución a la sociedad y al mundo a la cual mi ser interior me impulsa (y que también visualicé en el curso), porque no es cierto.

 Ha habido momentos difíciles también después, debiendo desvelar y trabajar aspectos de mí misma para poder desbloquear mi falta de iniciativa, de autoestima, de valor personal e ir siendo quien he venido a ser .

Y la ayuda de mentores como Josep, Iván, Delia, Tere, Candela, Isabel, Gustavo y Lúar me ha resultado tremendamente útil para andar ese camino acompañada.

Pero es algo que también aprendí en el curso y he ido aplicando con más o menos efectividad: a no volver a hundirme con las dudas, a no sufrir cuando mi mente me dice que debería estar actuando, pero mi cuerpo no va hacia esa acción.

 Puedo sentirme mal, pero, ahora sí, oigo mi voz interior que me recuerda que la consecución del propósito no es una meta, sino un camino y que esté tranquila, que la vida siempre me está apoyando cuando confío en ella (o en mí, que es lo mismo) y que la decisión correcta llega sola.

Cuando estoy lista para andar el siguiente paso, el impulso para actuar sale solo, sin esfuerzo, sin dudas. Sin necesidad de análisis, de cálculo, de sopesar y descifrar si los resultados serán o no los adecuados.

He aprendido, a base de práctica, que es menos agotador y tiene más garantía de éxito ordenar mi interior y sacar creencias y emociones inconscientes que ya no me sirven que actuar en el exterior.

Y gracias a todo ello, hoy estoy escribiéndote este artículo. Teniendo la certeza de cada una de las anteriores actividades que he realizado, los conocimientos que he aprendido, las aficiones que me han interesado no han sido un error o una equivocación, pues todo ello han sido los perfectos para llegar hasta aquí hoy.

Y el camino sigue…

¿Qué se puede hacer para dejar de ir en piloto automático por la vida y saber qué ha venido uno a dar?

 Bueno, por ahora, puedes empezar por coger lápiz y papel y anotar las respuestas a las siguientes preguntas, que te darán pistas valiosas.

Las respuestas son indicios que apuntan a identificar los dones que traes de serie para llevar a cabo tu misión de vida.

  • ¿Qué haces en tu tiempo libre? ¿Qué te gustaría hacer si tuvieras más tiempo libre?
  • ¿De qué te das cuenta antes que los demás? ¿Qué te llama la atención cuando algo no funciona correctamente?
  • ¿Qué te resulta fácil?
  • ¿Sobre qué te encanta aprender, hablar? ¿Qué libros lees habitualmente por tu cuenta? ¿Qué programas te motiva ver? ¿Qué te interesa hacer?
  • ¿Qué cosas destaca o halaga en ti la gente que te rodea? ¿Qué es lo que quieren o necesitan de ti? ¿Para qué te buscan normalmente?
  • ¿Qué personas -de tu vida, líderes mundiales, figuras históricas o famosas, etc.- constituyen una fuente de inspiración para ti? ¿Qué cualidades, características o acciones específicas de estos personajes te encantaría tener, imitar?
  • ¿Qué harías si no tuvieras miedo y tuvieras el éxito garantizado de antemano? ¿En qué trabajarías?
  • ¿Qué te encanta hacer hasta el extremo de que lo harías gratuitamente, como pasatiempo?

 

Te paso,además, este fragmento del contenido  del curso sobre propósito, valiosísimo para mí (lo reescucho aún de vez en cuando).

Confía en el propósito de cuanto te sucede

¡Ojalá algo de todo esto te ayude tanto como a mí y a otras tantas personas alrededor del mundo!

Encontrarle sentido a la vida es una aventura fascinante, ¡no te conformes con menos!

 

Cristina Gil Rigall

 

 

“Busquemos lo que la vida espera de nosotros y nos reclama continuamente … para cumplir nuestra misión”. 

Victor Frankl

 

 

¿POR QUÉ A MÍ?

Cuando uno ve el sufrimiento que existe en el mundo y, más concretamente, el que experimenta en su propia vida no acierta a dar con una explicación satisfactoria que apacigüe el sufrimiento que causa no entender cómo es posible que la vida constituya -también- toda suerte de infortunios y calamidades: enfermedad, escasez, violencia, egoísmo, desastres naturales, tiranía, engaño, suicidio, guerra… ¿Pero cómo es posible? ¿Quién lo permite? ¿Tiene sentido? Y en mi caso, como en el de muchos otros ¿Por qué parece que los demás pueden seguir adelante con sus vidas con más o menos éxito sin precisar entender, hallar un porqué ? ¿Qué funciona mal en mí para no poder obviar tal caos y vivir una existencia feliz?

Y te sientes solo, te sientes diferente, te sientes separado, te sientes torpe, te sientes culpable, te sientes muchas cosas que juzgas negativas… Y te sigues preguntando porqué. Y para poder seguir adelante necesitas encontrar paz. Por lo que buscas. Buscas desesperadamente respuestas por todas partes: en la religión, en la filosofía, en la ciencia, en la educación, en la meditación…dónde sea, lo que sea, quien sea, pero algo o alguien que, por favor, apacigüe esta sed tormentosa de descubrir el “porqué”.

Y, cuando buscas, cuando deseas algo de corazón, aunque sólo sea con la mera intención, la Vida siempre encuentra la manera de que tropieces con ello, de concedértelo; y esto es así siempre, por principio, es Ley Universal; eso sí, con sus pautas de funcionamiento específicas que es necesario conocer para poder fluir con ellas. En función del grado de consciencia o de atención que poseas, vas dándote cuenta de ello y puedes disfrutarlo, generando resultados internos de felicidad, armonía y paz, así como externos de salud, prosperidad, relaciones satisfactorias, etc. Pero cuando aún ignoras que eso existe, entonces lo atribuyes a la casualidad, a la suerte, a la gracia…

En mi camino, progresivamente, he ido aprendiendo cuestiones básicas acerca de quién soy realmente y acerca del funcionamiento del mundo en el que vivo. Y he ido advirtiendo asombrada que desconocía por completo las reglas del juego de la vida, unas reglas que ahora me parecen básicas, fundamentales para poder jugar la partida en condiciones, y que nada tienen que ver con lo que había aprendido que necesitaba para poder vivir plenamente.

Aprendí nuevos datos, fui recopilando información que no había adquirido en la escuela, ni en el instituto ni en la universidad; ni tampoco en mi hogar o entre mis amigos. Fueron llegando a mí nuevas personas y nuevas herramientas que iban proporcionándome luz: estudié que ni soy sólo un cuerpo físico que conoce a través de sus sentidos ni tampoco únicamente un cuerpo mental que piensa, razona, reflexiona y cree cosas. Averigüé que además soy un cuerpo emocional que siente emociones y sentimientos en relación al resto de mis cuerpos, y no de manera arbitraria e independiente de ellos como siempre me había parecido. Supe que soy energía y qué ésta circula por mi cuerpo de una manera específica y con una funcionalidad y que, igualmente y, por encima de todo, soy un cuerpo espiritual.

Por fin entendía y encontraba respuestas. Y eso, durante un tiempo, trajo cierta paz a mi vida. Pero, con el tiempo, nuevamente, me di cuenta de que había asuntos que seguían sin obtener respuesta, que lo que hacía a menudo era un ejercicio de fe: intelectualmente aceptaba lo que escuchaba o leía, y me parecía cierto, tenía lógica, estaba de acuerdo. Pero la verdad era que aún, en cierto modo, especulaba y no podía conciliarlo con la realidad del mundo porque, aunque sí , ciertamente, mi mente lo comprendía, sin embargo yo continuaba sintiendo dolor, remordimiento, rabia, rivalidad, culpa, rechazo, etc. Y me sentí otra vez vacía, sin herramientas en las que asirme para vivir en la estabilidad. Quizás de un modo aún peor que al principio de mi peregrinaje. Ahora sabía, teóricamente al menos, quién era y lo que significaba la vida humana pero parecía que eso entraba en contradicción con lo que sentía. Mi pensamiento iba en una dirección y mi sensación por otra.

Y, entonces, llegaron a mi vida Josep Soler y su Medicina del Ser®. Y fue maravilloso, jamás podré olvidar esa sensación de claridad infinitas, porque finalmente sentí que ya sí, ya había culminado mi búsqueda. Y por fin, además de saber, experimenté; además de conocer, sentí. Sentí “el clic” que la Medicina del Ser te conduce a encontrar cuando buscas sentido a cualquier cosa que vives. Y el Universo y todo lo que él contiene, incluida mi vida, empezó a cobrar equilibrio.

Hallé lo que en ningún otro método en los que había buceado previamente había obtenido: percatarme realmente de corazón, no sólo con la mente, que siempre había estado buscando en la dirección que no correspondía: tanto en el espacio, afuera de mí, como en el tiempo, hacia el pasado. Y finalmente puede vislumbrar el porqué de algo con todo mi ser alma: el porqué había estado buscando en esa dirección aparentemente errónea.

Y aprendí asimismo que más interesante y eficiente que el ¿por qué? era interrogarse por el ¿para qué?

Pongamos por caso una enfermedad. ¿Cuál es la causa de un resfriado común? Creo que, según la medicina académica, la presencia de ciertos virus contagiosos en el aparato respiratorio. Bien. Pero… ¿Cuál es la causa de esa causa? Es decir, ¿Qué causa que ese virus esté presente en mi cuerpo y produzca ciertos síntomas y no afecte, por ejemplo, a algunos de mis compañeros de trabajo o personas con la que convivo, a pesar de ser descrito como contagioso? Parece ser que un sistema inmunitario debilitado. Ajá… Luego entonces, la causa real, estrictamente hablando, no sería el virus patógeno sino mi sistema inmunológico. La decisión, pues, de atribuir como causa del goteo presente en mi nariz parece un error ¿no?. Sigamos ¿Y qué causa tal deficiencia en mis defensas corporales que causa que un virus me cause los síntomas que definimos como “resfriado”? Aquí el abanico de factores causantes se amplifica, con lo que el hallazgo de “la” causa se vuelve cada vez un ejercicio cada vez más complejo: hay causas ambientales, como el frío, el calor, la humedad; hay causas alimenticias; incluso hay causas que son al mismo tiempo consecuencias, como el cansancio o la presencia de una infección, con lo que parece que la pescadilla se muerda la cola y uno no sepa qué pudo ser antes, si el huevo o la gallina.

Y así podríamos seguir investigando la causa de la causa hasta retrotraernos infinitamente a un origen inicial de todas las causas. ¿Por qué a mí me afecta el clima al tener las defensas bajas y a otro, exactamente en las mismas condiciones que yo, no? ¿O porqué en relación a mí mismo, en ocasiones sí y en otras, aparentemente las mismas, no? ¿O por qué ese mismo sistema inmunitario deficitario atrae a mí la presencia de ciertos virus en mi nariz unas veces y otras, sin embargo, los presenta, por ejemplo, en mi piel en forma de hongos?

Con este proceso de buscar la causa, el porqué o uno deja de analizar en un momento dado o termina en el Bing o Bang (aunque, con rigor, debería seguir preguntándose más allá para alcanzar un punto final congruente).

Con la causa de cualquier situación presente en mi vida, acontece lo mismo. ¿Qué causa que en un momento dado de mi vida –o de continuo- sufra, por ejemplo, maltrato? ¿La mala suerte? ¿la ignorancia? ¿la injusticia? ¿el karma? ¿el azar? Elijamos la que elijamos en función de nuestras creencias, algunos necesitaremos necesariamente preguntarnos la causa de esa causa. Con ello, algunos encontraremos alivio en un nuevo origen o porqué; sin embargo, otros –cada vez los más- pondremos el foco en otro distinto. Y unos obtendrán alivio, pero otros tantos no descubriremos en ningún mecanismo de pensamiento un porqué que pueda resultar servible, sin que otro porqué asome inmediatamente en el escenario y sea suficiente y viable.

En Medicina del Ser he aprendido muchas cosas para andar con paso firme hacia una vida consciente, cada vez más alejada del sufrimiento, de la incomprensión, del error o la culpa. Algunas ya las había encontrado por el camino, por lo que no resultaron nuevas, y otras han supuesto toda una revelación. Pero, por primera vez en cualquier parte, las encontré todas unidas en el mismo método, transmitidas, además, de una forma muy sencilla y amena. Para mí, las más útiles y prácticas han resultado ser las siguientes :

  • la indiferenciación entre yo y cuanto me rodea (el todos somos Uno o no dualidad);
  • que lo bueno y lo malo no son exactamente reales como creo, sino sólo percepciones mías (no-dualidad y polaridad)
  • el concepto de la responsabilidad (la causa de que todo cuanto vivo no se parte del exterior, sino que emana de mí mismo. No soy una pobre víctima);
  • que, por lo tanto, soy el creador de todo lo que que aparece en mi cuerpo, en mis relaciones, en mi vida y en el mundo, lo que me confiere un poder ilimitado (la divinidad no está fuera de mí en los cielos o cualquier otro emplazamiento, sino que YO SOY un ser divino, co-creador de mi realidad, por lo que no necesito intermediarios para lograr lo que deseo; sólo preciso alinearme con ello);
  • la no linealidad del tiempo (el pasado no es estático y se puede transformar aquí y ahora, del mismo modo que existen miles de posibilidades para mi futuro que van construyéndose con cada elección, con cada sensación, con cada pensamiento);
  • y la, más trascendental en mi opinión, la que justifica la existencia de mi cuerpo espiritual: el propósito de cuanto sucede en general y , en especial, el propósito o intención de que yo exista.

Así que, por fin he comprendido y he decidido dejar atrás, en la Vieja Era, el Porqué.

Sí tú también estás empeñado en comprender, en conciliarte con la vida, te aseguro que puedes. Puedo yo y tú también puedes. En realidad, lo verás en algún momento, estás aquí justamente para eso, para lograrlo. Los automatismos adquiridos van a querer llevarte siempre atrás, a que regreses a tu estado anterior (de inmenso dolor, de crítica, de juicio, de acusación, de incomprensión, etc) o que te mantengas en ellos, en la comodidad de lo viejo (aunque sea fuente de sufrimiento para ti). En, como decimos ahora, tu zona de confort.

Sólo mantente en la tenacidad inquebrantable de querer ser consciente para llegar a instalarte, un día, en la vida plena que te corresponde por derecho natural. No como meta a alcanzar y abandonar, sino como camino, como trayecto que ir recorriendo mientras dura tu existencia aquí. Si sientes que no puedes, que no lo logras, necesito decirte que, así tal cual con lo que piensas y sientes ahora mismo, lo estás haciendo realmente bien (en realidad siempre lo estás haciendo bien, aunque aparente lo contrario). Y que si aún no consigues ver con amor, con confianza cuanto experimentas, pronto lo harás, confía (incluso aunque sientas que no puedes) porque sé bien dónde te encuentras, y lo sé porque -como he intentado explicarte aquí- yo misma, como tantos otros iguales que tú y que yo, también hemos estado justo ahí, atravesando ese lugar.

Como cada cosa nueva que te hayas empeñado en aprender a lo largo de tu vida (un idioma, un deporte, una receta de cocina, una persona ….) no es que sea “difícil” es sólo, como dice mi buen amigo Rafael, que es “nueva” y que, por tanto, requiere de tu tenacidad, de tu empeño, de que te mantengas firme en tu propósito, a pesar de los obstáculos que puedan presentarse y que parezcan querer engullirte como una ola feroz.

Así que, por favor, mantente firme en la intención de adquirir una nueva manera de ver y estar en el mundo o una nueva consciencia. Por favor persevera porque, a pesar de que puedas no saberlo o no entender cómo, a la par que el resto del mundo, ya estamos cumpliendo todos con nuestro Propósito de Vida, y estás, como ves, atrayendo a ti el modo de hallar comprensión.

 

Texto: Cristina Gil Rigall

Foto: Delia Govantes Romero

Medicina del Ser®

 

EL RITMO DE LA VIDA

La vida tiene un ritmo, una oscilación natural. Las estaciones del año se suceden una tras otra, el día contiene día y noche, luz y oscuridad. Las olas vienen y van, acompañan la marea que sube y baja. El cuerpo también se expande y contrae al ritmo respiratorio y se abre y se cierra cada pocos segundos al ritmo cráneo-sacral.
De forma natural un polo sucede al otro en perfecta armonía, hasta que de pronto aparece una opinión, un juicio de nuestro hemisferio racional. Juzgamos que un polo o una cara es mejor que otra y así decidimos, por ejemplo, que el día es mejor que la noche. Así se inicia una lucha no sólo contra el ritmo natural del cuerpo sino contra el ciclo de la vida que lleva ese mismo ritmo. Si negamos el movimiento natural entre arriba-abajo, fuera-dentro, exteriorizar-interiorizar, alegría-tristeza, risa-llanto, razón-emoción… nos resistimos al fluir natural de la vida y no dejamos que se exprese a través de nosotros. Queremos imponer nuestra voluntad y dirigir nuestro estado y el resultado es que la vida no se puede dirigir ni controlar.
Estar vivo significa moverse y nuestra vida está sujeta al movimiento entre extremos. En ocasiones nos vamos a sentir vulnerables en los límites o extremos de esos ciclos, es decir, cuando estamos en lo más alto o lo más bajo, que es donde estamos más alejados de nuestro centro. La naturaleza de ese constante movimiento ondulatorio “dentro-fuera” nos puede crear ciertas dudas y en esos momentos por miedo, inseguridad o confusión es fácil que uno quiera resistirse a esa ondulación. No aceptar esa oscilación natural intentando aferrarse a los extremos va a producir mayor confusión, una inseguridad que se autoalimenta. Cuando uno está arriba e insiste en quedarse donde está, rechazando el movimiento vital, sin aceptar los ciclos de la vida, entonces la vida empieza a empujar hacia abajo con más y más fuerza. Si la resistencia al movimiento es muy grande, la fuerza de la vida empujando es igual de grande. Ahora es cuestión de tiempo, de lo que uno consiga aguantarle al pulso de la vida. La tensión puede llegar a un punto insostenible en el que parece que le agarran del cuello y tiran de él hacia abajo, de golpe hacia el fondo, precipitándose a gran velocidad. Lo que de forma natural hubiera sido un suave descenso, ahora es una caída en picado hacia la profundidad de la oscuridad; eso es lo que llamamos “caer en una depresión”.

La depresión

Cuando uno intenta escapar de ese movimiento natural y lucha contra el ir y venir de la vida es como si intentara impedir que llegara la noche, como si uno corriera sin parar siguiendo el sol para que no le alcanzase la noche. De pronto, exhausto y vencido, la noche le alcanza y todos sus miedos parece que cobran vida: es una de las ilusiones de la depresión, los miedos se hacen reales.
La depresión es una resistencia a mirar al propio interior, es el miedo a lo desconocido, a la muerte y la negación del cambio. Toman protagonismo los sentimientos estancados, con seriedad y gravedad extrema. Es ver la vida como una lucha perdida en lugar de una serie de circunstancias que apoyan el proceso de vida.
La depresión es resistirse a entrar a vivir una parte que juzgamos oscura. La depresión nos empuja hacia la soledad para que descubramos que no existe. Lo que llamamos depresión deberíamos llamarlo “resistencia a la depresión”; el sufrimiento de una depresión no la produce la parte que nos parece oscura, sino la tremenda resistencia que uno hace para no mirar a esa parte de si mismo.
No hay valles sin montañas, ni montañas sin valles. Podemos ver el mundo externo como la montaña y el valle como el mundo interno o la metáfora de la depresión. La vida incluye ambas cosas y hay personas que dan mucha atención al exterior y poco o nada al interior. Y es posible que las personas que se resisten a mirar hacia dentro o aceptar lo que sienten, arrastren también la sensación de que algo no va bien en sus vidas, y se nieguen a mirar qué es, qué pasa, que sienten y continúen esforzándose en mirar en dirección contraria. Esa parte interior desatendida va pesando cada vez más, es como un agujero negro cada vez más potente, hasta que tiene tanta fuerza que nos mete del todo en la depresión. Y si nos seguimos resistiendo podemos entrar en una depresión de mil demonios que parecerán de verdad.

Después del miedo no hay nada

El estado natural de la persona es paz y bienestar. Ese bienestar es un estado interior que no depende de las circunstancias externas; al contrario, son las circunstancias externas las que dependen de nuestro punto de vista y, de forma más amplia, de nuestro estado interior. Lo que ocurre por fuera, lo que llamamos “realidad”, es una manifestación externa de lo que creamos por dentro, que se manifiesta como un reflejo. Según nuestras creencias y nivel de conciencia, la experiencia de “realidad” aparece en una gama que puede ir desde éxtasis a la paranoia.

Cuando vivimos un acontecimiento y nos aparece una sensación que tomamos como desagradable no la queremos sentir y nos desconectamos de nuestro mundo interior. Nos resistimos a sentir nuestras emociones, los sentimientos de dolor, tristeza, rabia, frustración, amor, odio, desesperación o soledad. Parece que los acontecimientos externos nos arrastran y nos convertimos en víctimas de nuestra creación. Podemos utilizar estos acontecimientos externos para devolver nuestra atención hacia el interior, poniéndonos en contacto con nuestras emociones para sentirlas tal y como se presentan, que es una forma de aceptación.

“Si no estás dispuesto a aceptar lo que ha pasado –el acontecimiento externo- puedes cuidar y aceptar la sensación interna que te produce. Sentir y aceptar es la forma de conectar con nuestro interior. El sufrimiento es el resultado de intentar no sentir el dolor, apartando, reprimiendo o rechazando esos sentimientos.”

Tapando y reprimiendo los sentimientos impedimos que salgan completamente, que es la forma de interrumpir el movimiento natural dentro-fuera. Si nos permitimos sentir completamente la emoción o el sentimiento, dejando que nos lleve, el movimiento continúa. Pronto llega al fondo y empieza a transformarse; entonces el movimiento es hacia fuera. Si cuando tenemos una pena, en lugar de sentirla y darle la atención interior que nos pide, intentamos mirar hacia otro lado, hacia el exterior, distraernos, salir, ir al cine o de compras, el movimiento natural se interrumpe y empieza a generar tensión.

“Si la resistencia continúa llega un momento en que el dolor es tan intenso que no te permite mirar hacia otro lado y es tan profundo que te sumerge de tal manera que parece que no hay salida. Es como estar en medio de un pozo sin principio y sin final, sin luz y con un miedo terrible a caer. En el límite te puedes sentir paralizado revolcándote en lo más oscuro y bajo de ti mismo, en un lugar terrible donde jamás creías que podías llegar, y con un miedo atroz de ir un poco más allá.”

Si la atención al interior es nula o muy deficiente, el mundo interior toma una fuerza descontrolada y en el extremo el depresivo puede sufrir delirios y alucinaciones que son esas dimensiones interiores ocupando el exterior: se trata del mundo interior imponiendo su película en el mundo exterior.
Ese estado aparentemente inaceptable viene de alguna parte de la persona que está intentando expresar algo, una parte que no ha sido atendida, que no se ha sabido o querido atender y ahora se ha desbordado.

“Si estás ahí, ese es el límite, no hay más. Parece que cualquier cosa es mejor que dejarse caer, incluso la muerte y no es verdad. Aunque se haya desbordado y parece que te está destruyendo, aceptar que esa energía es tuya es transformador. Se trata de energía bruta, no es ni buena ni mala, y pide ser transformada para ser útil y darte su regalo”.
“Aún después de aceptar esa energía, puede que sigas con un miedo atroz de ir un poco más allá. Si sigues agarrado y con miedo a soltarte va a llegar un momento en el que no podrás más, fallarán las fuerzas y tendrás que abandonarte a la vida; así que en cualquier caso vas a tocar fondo, y ya que vas a tocar fondo mejor que sea con tu voluntad. En lugar de rechazar ese pensamiento terrible, trata de aceptarlo, haciéndote un poco más consciente de este proceso natural. Esto es lo más importante del proceso: es bueno saber que después del miedo no hay nada, NADA. Es como cuando enfrentas al monstruo en el sueño: Le puedes pedir un regalo. Así que no utilices la poca fuerza que te pueda quedar para agarrarte a lo conocido, utiliza la fuerza para empujarte hacia abajo, hacia lo desconocido. Confía, no temas ir más abajo, al llegar al fondo vas a transformarlo, a salir por el otro lado, vas a rebotar contra el suelo y pronto, siguiendo el curso natural de la vida, te encontrarás la superficie.”

La respiración consciente
La respiración consciente es una técnica para interiorizarse. Consiste en poner la atención en la respiración, sintiendo la entrada y salida del aire en alguna parte del cuerpo. Se puede notar el rozamiento del aire en las fosas nasales, el pecho, el movimiento del diafragma empujando el área abdominal, o en cualquier otra parte que se elija. La clave está en poner la atención en la respiración.

“Aún poniendo la atención en la respiración van a aparecer pensamientos y es posible que algunos que creas que son atroces. Lo que puedes probar y lo puedes hacer con todas tus fuerzas, como si te fuera la vida en ello es, que cuando aparezca un pensamiento, sea el que sea, sin juzgar el pensamiento, vuelvas a poner tu atención en la respiración, en el cuerpo. Una vez más aparecerán pensamientos y aunque puedas creer que son terribles, una y otra vez vuelves a poner la atención en tu cuerpo, en la parte física, que sigue estando ahí sin juzgar. Es la mente la que juzga, no el cuerpo. Devuelve la atención una y otra vez a la zona del cuerpo donde puedas notar la entrada y la salida del aire o más adelante en las zonas donde sientas movimiento. Observa la quietud de tu cuerpo y observa también ese movimiento interior sin juzgarlo. Retira la atención de tu tormenta mental y suavemente devuélvela a tu respiración.”

Si nos levantamos un día bajo de ánimos, sin ganas de nada, o con ganas de interiorizarnos, de estar solos, no tenemos porqué vivirlo como un problema. Los días que está llueve o está nublado son también parte de la vida y tienen su propia belleza. Vívelo, exprésalo, “¡estoy bajo de ánimo y no pasa nada!”. Los días soleados no son mejores que los nublados, ni al revés. Lo importante es mantenerse consciente de nuestro estado, de nuestras emociones y vivirlas sin juzgarlas. El sol está siempre ahí, aunque esté nublado.

La diferencia entre una persona deprimida y una inspirada es el juicio del propio autor sobre su creación. El primero cree que su obra es terrible y quiere esconderla, el segundo que es sublime y quiere expresarla. El primero crea un infierno, el segundo una obra de arte. Si estás viviendo un estado que está en la gama depresión-inspiración, no importa el nombre que le pongas, es la vida empujando para expresarse a través de ti. ¿La dejas pasar y expresarse?

 

® Josep Soler Sala.
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