EL RITMO DE LA VIDA

La vida tiene un ritmo, una oscilación natural. Las estaciones del año se suceden una tras otra, el día contiene día y noche, luz y oscuridad. Las olas vienen y van, acompañan la marea que sube y baja. El cuerpo también se expande y contrae al ritmo respiratorio y se abre y se cierra cada pocos segundos al ritmo cráneo-sacral.
De forma natural un polo sucede al otro en perfecta armonía, hasta que de pronto aparece una opinión, un juicio de nuestro hemisferio racional. Juzgamos que un polo o una cara es mejor que otra y así decidimos, por ejemplo, que el día es mejor que la noche. Así se inicia una lucha no sólo contra el ritmo natural del cuerpo sino contra el ciclo de la vida que lleva ese mismo ritmo. Si negamos el movimiento natural entre arriba-abajo, fuera-dentro, exteriorizar-interiorizar, alegría-tristeza, risa-llanto, razón-emoción… nos resistimos al fluir natural de la vida y no dejamos que se exprese a través de nosotros. Queremos imponer nuestra voluntad y dirigir nuestro estado y el resultado es que la vida no se puede dirigir ni controlar.
Estar vivo significa moverse y nuestra vida está sujeta al movimiento entre extremos. En ocasiones nos vamos a sentir vulnerables en los límites o extremos de esos ciclos, es decir, cuando estamos en lo más alto o lo más bajo, que es donde estamos más alejados de nuestro centro. La naturaleza de ese constante movimiento ondulatorio “dentro-fuera” nos puede crear ciertas dudas y en esos momentos por miedo, inseguridad o confusión es fácil que uno quiera resistirse a esa ondulación. No aceptar esa oscilación natural intentando aferrarse a los extremos va a producir mayor confusión, una inseguridad que se autoalimenta. Cuando uno está arriba e insiste en quedarse donde está, rechazando el movimiento vital, sin aceptar los ciclos de la vida, entonces la vida empieza a empujar hacia abajo con más y más fuerza. Si la resistencia al movimiento es muy grande, la fuerza de la vida empujando es igual de grande. Ahora es cuestión de tiempo, de lo que uno consiga aguantarle al pulso de la vida. La tensión puede llegar a un punto insostenible en el que parece que le agarran del cuello y tiran de él hacia abajo, de golpe hacia el fondo, precipitándose a gran velocidad. Lo que de forma natural hubiera sido un suave descenso, ahora es una caída en picado hacia la profundidad de la oscuridad; eso es lo que llamamos “caer en una depresión”.

La depresión

Cuando uno intenta escapar de ese movimiento natural y lucha contra el ir y venir de la vida es como si intentara impedir que llegara la noche, como si uno corriera sin parar siguiendo el sol para que no le alcanzase la noche. De pronto, exhausto y vencido, la noche le alcanza y todos sus miedos parece que cobran vida: es una de las ilusiones de la depresión, los miedos se hacen reales.
La depresión es una resistencia a mirar al propio interior, es el miedo a lo desconocido, a la muerte y la negación del cambio. Toman protagonismo los sentimientos estancados, con seriedad y gravedad extrema. Es ver la vida como una lucha perdida en lugar de una serie de circunstancias que apoyan el proceso de vida.
La depresión es resistirse a entrar a vivir una parte que juzgamos oscura. La depresión nos empuja hacia la soledad para que descubramos que no existe. Lo que llamamos depresión deberíamos llamarlo “resistencia a la depresión”; el sufrimiento de una depresión no la produce la parte que nos parece oscura, sino la tremenda resistencia que uno hace para no mirar a esa parte de si mismo.
No hay valles sin montañas, ni montañas sin valles. Podemos ver el mundo externo como la montaña y el valle como el mundo interno o la metáfora de la depresión. La vida incluye ambas cosas y hay personas que dan mucha atención al exterior y poco o nada al interior. Y es posible que las personas que se resisten a mirar hacia dentro o aceptar lo que sienten, arrastren también la sensación de que algo no va bien en sus vidas, y se nieguen a mirar qué es, qué pasa, que sienten y continúen esforzándose en mirar en dirección contraria. Esa parte interior desatendida va pesando cada vez más, es como un agujero negro cada vez más potente, hasta que tiene tanta fuerza que nos mete del todo en la depresión. Y si nos seguimos resistiendo podemos entrar en una depresión de mil demonios que parecerán de verdad.

Después del miedo no hay nada

El estado natural de la persona es paz y bienestar. Ese bienestar es un estado interior que no depende de las circunstancias externas; al contrario, son las circunstancias externas las que dependen de nuestro punto de vista y, de forma más amplia, de nuestro estado interior. Lo que ocurre por fuera, lo que llamamos “realidad”, es una manifestación externa de lo que creamos por dentro, que se manifiesta como un reflejo. Según nuestras creencias y nivel de conciencia, la experiencia de “realidad” aparece en una gama que puede ir desde éxtasis a la paranoia.

Cuando vivimos un acontecimiento y nos aparece una sensación que tomamos como desagradable no la queremos sentir y nos desconectamos de nuestro mundo interior. Nos resistimos a sentir nuestras emociones, los sentimientos de dolor, tristeza, rabia, frustración, amor, odio, desesperación o soledad. Parece que los acontecimientos externos nos arrastran y nos convertimos en víctimas de nuestra creación. Podemos utilizar estos acontecimientos externos para devolver nuestra atención hacia el interior, poniéndonos en contacto con nuestras emociones para sentirlas tal y como se presentan, que es una forma de aceptación.

“Si no estás dispuesto a aceptar lo que ha pasado –el acontecimiento externo- puedes cuidar y aceptar la sensación interna que te produce. Sentir y aceptar es la forma de conectar con nuestro interior. El sufrimiento es el resultado de intentar no sentir el dolor, apartando, reprimiendo o rechazando esos sentimientos.”

Tapando y reprimiendo los sentimientos impedimos que salgan completamente, que es la forma de interrumpir el movimiento natural dentro-fuera. Si nos permitimos sentir completamente la emoción o el sentimiento, dejando que nos lleve, el movimiento continúa. Pronto llega al fondo y empieza a transformarse; entonces el movimiento es hacia fuera. Si cuando tenemos una pena, en lugar de sentirla y darle la atención interior que nos pide, intentamos mirar hacia otro lado, hacia el exterior, distraernos, salir, ir al cine o de compras, el movimiento natural se interrumpe y empieza a generar tensión.

“Si la resistencia continúa llega un momento en que el dolor es tan intenso que no te permite mirar hacia otro lado y es tan profundo que te sumerge de tal manera que parece que no hay salida. Es como estar en medio de un pozo sin principio y sin final, sin luz y con un miedo terrible a caer. En el límite te puedes sentir paralizado revolcándote en lo más oscuro y bajo de ti mismo, en un lugar terrible donde jamás creías que podías llegar, y con un miedo atroz de ir un poco más allá.”

Si la atención al interior es nula o muy deficiente, el mundo interior toma una fuerza descontrolada y en el extremo el depresivo puede sufrir delirios y alucinaciones que son esas dimensiones interiores ocupando el exterior: se trata del mundo interior imponiendo su película en el mundo exterior.
Ese estado aparentemente inaceptable viene de alguna parte de la persona que está intentando expresar algo, una parte que no ha sido atendida, que no se ha sabido o querido atender y ahora se ha desbordado.

“Si estás ahí, ese es el límite, no hay más. Parece que cualquier cosa es mejor que dejarse caer, incluso la muerte y no es verdad. Aunque se haya desbordado y parece que te está destruyendo, aceptar que esa energía es tuya es transformador. Se trata de energía bruta, no es ni buena ni mala, y pide ser transformada para ser útil y darte su regalo”.
“Aún después de aceptar esa energía, puede que sigas con un miedo atroz de ir un poco más allá. Si sigues agarrado y con miedo a soltarte va a llegar un momento en el que no podrás más, fallarán las fuerzas y tendrás que abandonarte a la vida; así que en cualquier caso vas a tocar fondo, y ya que vas a tocar fondo mejor que sea con tu voluntad. En lugar de rechazar ese pensamiento terrible, trata de aceptarlo, haciéndote un poco más consciente de este proceso natural. Esto es lo más importante del proceso: es bueno saber que después del miedo no hay nada, NADA. Es como cuando enfrentas al monstruo en el sueño: Le puedes pedir un regalo. Así que no utilices la poca fuerza que te pueda quedar para agarrarte a lo conocido, utiliza la fuerza para empujarte hacia abajo, hacia lo desconocido. Confía, no temas ir más abajo, al llegar al fondo vas a transformarlo, a salir por el otro lado, vas a rebotar contra el suelo y pronto, siguiendo el curso natural de la vida, te encontrarás la superficie.”

La respiración consciente
La respiración consciente es una técnica para interiorizarse. Consiste en poner la atención en la respiración, sintiendo la entrada y salida del aire en alguna parte del cuerpo. Se puede notar el rozamiento del aire en las fosas nasales, el pecho, el movimiento del diafragma empujando el área abdominal, o en cualquier otra parte que se elija. La clave está en poner la atención en la respiración.

“Aún poniendo la atención en la respiración van a aparecer pensamientos y es posible que algunos que creas que son atroces. Lo que puedes probar y lo puedes hacer con todas tus fuerzas, como si te fuera la vida en ello es, que cuando aparezca un pensamiento, sea el que sea, sin juzgar el pensamiento, vuelvas a poner tu atención en la respiración, en el cuerpo. Una vez más aparecerán pensamientos y aunque puedas creer que son terribles, una y otra vez vuelves a poner la atención en tu cuerpo, en la parte física, que sigue estando ahí sin juzgar. Es la mente la que juzga, no el cuerpo. Devuelve la atención una y otra vez a la zona del cuerpo donde puedas notar la entrada y la salida del aire o más adelante en las zonas donde sientas movimiento. Observa la quietud de tu cuerpo y observa también ese movimiento interior sin juzgarlo. Retira la atención de tu tormenta mental y suavemente devuélvela a tu respiración.”

Si nos levantamos un día bajo de ánimos, sin ganas de nada, o con ganas de interiorizarnos, de estar solos, no tenemos porqué vivirlo como un problema. Los días que está llueve o está nublado son también parte de la vida y tienen su propia belleza. Vívelo, exprésalo, “¡estoy bajo de ánimo y no pasa nada!”. Los días soleados no son mejores que los nublados, ni al revés. Lo importante es mantenerse consciente de nuestro estado, de nuestras emociones y vivirlas sin juzgarlas. El sol está siempre ahí, aunque esté nublado.

La diferencia entre una persona deprimida y una inspirada es el juicio del propio autor sobre su creación. El primero cree que su obra es terrible y quiere esconderla, el segundo que es sublime y quiere expresarla. El primero crea un infierno, el segundo una obra de arte. Si estás viviendo un estado que está en la gama depresión-inspiración, no importa el nombre que le pongas, es la vida empujando para expresarse a través de ti. ¿La dejas pasar y expresarse?

 

® Josep Soler Sala.
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