El potencial latente en ti

 

Recuerdo haber iniciado mi estudios en el instituto sintiéndome sola y perdida.

En aquel momento me parecía una certeza que todos mis compañeros tenían definida su identidad y sus objetivos, por lo que sus vidas irradiaban un brillo del que carecía la mía.

Por más que intentaba definirme a mí misma y qué trayectoria académica quería seguir, no atinaba a tomar decisiones rotundas acerca de ninguna de las dos cuestiones.

Lo cual me generaba vergüenza, al compararme con los demás, desilusión y la sensación de estar embarcada en una lucha sin tregua conmigo misma, en la que ninguna voz interior asomaba para dejar constancia del itinerario a seguir.

Recuerdo haber sufrido mucho por ello. Si no hubiera existido interés o capacidad, las posibilidades se hubieran acotado sustancialmente hacia la trayectoria laboral Seguir estudiando resultaba, por inercia, la opción más fácil; pero en tal caso ¿qué? y ¿para dedicarse a hacer qué? Resultaba una incertidumbre muy dolorosa que, además, no compartía con nadie.

Una vez pasada la edad entorno a la cual se supone que la adolescencia concluye, la claridad y la sensación de saberse alineada, desarrollando un deseo de “ser algo en la vida” no aparecieron tampoco.

Me sentía sin incentivos, sin habilidades específicas, sin ningún talento evidente, sin especial potencial en ninguna área y sin un interés concreto en desplegar alguna capacidad ni de tomar acción intencionada hacia ningún destino.

Cubiertas las necesidades básicas de supervivencia, estima y relación, cualquier otra aspiración me parecía un imposible al que había dejado de dirigirme.

Era desalentador, fui perdiendo la ilusión y las ganas de disfrutar. Me sentía fracasada, con un cansancio infinito, y, durante un tiempo, sin ganas de vivir, absorbida por pensamientos sombríos sobre mí misma.

Dicen los expertos que podemos llegar a tener más de 70.000 pensamientos al día sin ningún tipo de esfuerzo. Que eso es lo normal, visto que el “trabajo” de la mente es producir pensamientos.

No obstante, el pensamiento llamado “mente de mono” o pensamiento caótico -ese que te lleva a vagabundear de un pensamiento a otro, como si fuera un mono de rama en rama, y terminas por no saber en qué estabas pensando al principio o para qué entraste a una habitación tan solo 20 segundos antes de hacerlo- no es la tendencia natural de la mente.

Y lo curioso es que la mente no sólo salta de pensamiento en pensamiento sino que por el camino se recrea creando todo tipo de interpretaciones subjetivas. Lo cual entorpece nuestro bienestar por el hecho de que nuestros pensamientos son los responsables de nuestras emociones. Así que la calidad de los pensamientos que tenemos determina la de nuestros estados de ánimo y, por ende, acciones.

Hay herramientas para controlar pensamientos y emociones, para silenciarlos, para intensificarlos, para cambiarlos, para observarlos desde la distancia, para explicarlos, etc.

Y es una gran bendición que así sea. Aunque no soy experta en ninguna de esas técnicas, he experimentado y, sigo haciéndolo, con varias de ellas.

Sin embargo, en mi caso particular, ninguna me ha ofrecido alivio respondiéndome a la pregunta de porqué algunas personas parecen vivir una vida de bienestar, facilidad, fluidez y otras no.

Hasta que asistí al curso sobre Propósito de vida y me percibí, por primera vez en mucho tiempo, entre iguales, constatando que en el mundo habitaban más personas como yo, perdidas personal y profesionalmente.

Unas estaban desempleadas, otras  tenían la inquietud de dedicarse a alguna cosa distinta, otras no estaban para nada conformes con lo que hacían. Con miedo, con dudas, con una fuerte impresión de falta de sentido y de necesidad de hacer algo diferente sin saber muy bien qué cosa.

En ese curso aprendí nuevas y fascinantes informaciones como que todo (absolutamente todo) lo que existe en el mundo tiene un sentido, una intención, una misión o propósito.

Con los objetos, como la pantalla a través de la cual leer este texto, resulta evidente que es imprescindible que para que esté en el mundo, antes tuvo que surgir la necesidad de poder escribir y leer textos en un dispositivo electrónico, con todas las ventajas que eso puede conllevar respecto del lápiz y papel.

Muy a grosso modo: alguien tuvo esa necesidad, la ideó, imaginó o proyectó en su mente y después la plasmó en la realidad.

Lo mismo con las profesiones, el oficio de fontanero existe porque antes hay una necesidad que cubrir: la de instalar tuberías, reparar grifos, etc.

Con otro tipo de manifestaciones físicas, a mí no se me había pasado por la cabeza pensar que si existían era porque tenían un propósito y que, de no tenerlo, no estarían físicamente en el mundo: las piernas porque en algún momento tuvimos la necesidad de desplazarnos erguidos, el trigo para alimentarnos, el cansancio para que hagamos una alto y descansemos, las dificultades para que saquemos capacidades y estrategias que ignoramos que poseemos, etc.

Lo que más me impactó fue la noción de que la vida humana y, claro, la mía en particular también, pudiera tener una finalidad determinada; que había nacido para desempeñar una misión que nadie más podía desempeñar en mi lugar y que, además, contaba con una serie de habilidades y valores innatos –aunque no fuera consciente de ellos- para llevarla a cabo con eficiencia y que, al hacerlo, mi vida me resultaría totalmente coherente, motivadora y apasionante, puesto que estaría entregándole al mundo lo mejor de mí misma.

¡Guauuuuu! Podía ser cierto o no, creerlo o no, pero la verdad es que con tan sólo abrirme a esa posibilidad en mí se produjo un cambio y mi vida empezó a tenr el sentido que hasta entonces no le había encontrado.

La verdad es que visto desde el lugar en el que estoy ahora tenía completo sentido, pues ya iba a ser raro que si todo en el Universo tenía una misión o propósito para existir, porqué no iba a tenerla yo también (luego he aprendido acerca de eso, del ego, de que tanto la soberbia como la baja autoestima vienen a ser lo mismo, sólo que en extremos opuestos de un péndulo. Y, por supuesto, su utilidad ha tenido en mi vida).

Sin tener aún siquiera certeza de hacia dónde derivaban mis posibles dones y talentos esa información infundió un equilibrio, un orden, una ilusión y un norte olvidados para mí.

Con las visualizaciones efectuadas en el curso descubrí, para mi asombro, en qué momentos de mi vida estaba poniendo de manifiesto esas capacidades especiales que me hacían disfrutar y con las que no se me había ocurrido que podía ganarme la vida.

¡Al fin sabía qué deseaba hacer! No puedo explicar con palabras el antes y el después que marcó ese conocimiento en mi interior en aquel instante (y pasito a pasito también en mi exterior).

 Y no únicamente “en abstracto”, mediante la introspección y potentes ejercicios de visualización, sino que salí del curso con una idea clara de cuál era incluso el primer paso que tenía que dar para encaminarme, de forma genérica, hacia ello.

La falta de conciencia, de claridad y la sensación de fracaso se disiparon aquel día. Y la vida empezó a cobrar un sentido nuevo, ilusionante y fresco para mí.

 No te voy a decir que a partir de entonces todo ha sido fácil, que siempre me he mantenido en ese estado de pasión y que enseguida me puse a desempeñar esa actividad a través de la cual puedo ofrecer mi contribución a la sociedad y al mundo a la cual mi ser interior me impulsa (y que también visualicé en el curso), porque no es cierto.

 Ha habido momentos difíciles también después, debiendo desvelar y trabajar aspectos de mí misma para poder desbloquear mi falta de iniciativa, de autoestima, de valor personal e ir siendo quien he venido a ser .

Y la ayuda de mentores como Josep, Iván, Delia, Tere, Candela, Isabel, Gustavo y Lúar me ha resultado tremendamente útil para andar ese camino acompañada.

Pero es algo que también aprendí en el curso y he ido aplicando con más o menos efectividad: a no volver a hundirme con las dudas, a no sufrir cuando mi mente me dice que debería estar actuando, pero mi cuerpo no va hacia esa acción.

 Puedo sentirme mal, pero, ahora sí, oigo mi voz interior que me recuerda que la consecución del propósito no es una meta, sino un camino y que esté tranquila, que la vida siempre me está apoyando cuando confío en ella (o en mí, que es lo mismo) y que la decisión correcta llega sola.

Cuando estoy lista para andar el siguiente paso, el impulso para actuar sale solo, sin esfuerzo, sin dudas. Sin necesidad de análisis, de cálculo, de sopesar y descifrar si los resultados serán o no los adecuados.

He aprendido, a base de práctica, que es menos agotador y tiene más garantía de éxito ordenar mi interior y sacar creencias y emociones inconscientes que ya no me sirven que actuar en el exterior.

Y gracias a todo ello, hoy estoy escribiéndote este artículo. Teniendo la certeza de cada una de las anteriores actividades que he realizado, los conocimientos que he aprendido, las aficiones que me han interesado no han sido un error o una equivocación, pues todo ello han sido los perfectos para llegar hasta aquí hoy.

Y el camino sigue…

¿Qué se puede hacer para dejar de ir en piloto automático por la vida y saber qué ha venido uno a dar?

 Bueno, por ahora, puedes empezar por coger lápiz y papel y anotar las respuestas a las siguientes preguntas, que te darán pistas valiosas.

Las respuestas son indicios que apuntan a identificar los dones que traes de serie para llevar a cabo tu misión de vida.

  • ¿Qué haces en tu tiempo libre? ¿Qué te gustaría hacer si tuvieras más tiempo libre?
  • ¿De qué te das cuenta antes que los demás? ¿Qué te llama la atención cuando algo no funciona correctamente?
  • ¿Qué te resulta fácil?
  • ¿Sobre qué te encanta aprender, hablar? ¿Qué libros lees habitualmente por tu cuenta? ¿Qué programas te motiva ver? ¿Qué te interesa hacer?
  • ¿Qué cosas destaca o halaga en ti la gente que te rodea? ¿Qué es lo que quieren o necesitan de ti? ¿Para qué te buscan normalmente?
  • ¿Qué personas -de tu vida, líderes mundiales, figuras históricas o famosas, etc.- constituyen una fuente de inspiración para ti? ¿Qué cualidades, características o acciones específicas de estos personajes te encantaría tener, imitar?
  • ¿Qué harías si no tuvieras miedo y tuvieras el éxito garantizado de antemano? ¿En qué trabajarías?
  • ¿Qué te encanta hacer hasta el extremo de que lo harías gratuitamente, como pasatiempo?

 

Te paso,además, este fragmento del contenido  del curso sobre propósito, valiosísimo para mí (lo reescucho aún de vez en cuando).

Confía en el propósito de cuanto te sucede

¡Ojalá algo de todo esto te ayude tanto como a mí y a otras tantas personas alrededor del mundo!

Encontrarle sentido a la vida es una aventura fascinante, ¡no te conformes con menos!

 

Cristina Gil Rigall

 

 

“Busquemos lo que la vida espera de nosotros y nos reclama continuamente … para cumplir nuestra misión”. 

Victor Frankl

 

 

EL RITMO DE LA VIDA

La vida tiene un ritmo, una oscilación natural. Las estaciones del año se suceden una tras otra, el día contiene día y noche, luz y oscuridad. Las olas vienen y van, acompañan la marea que sube y baja. El cuerpo también se expande y contrae al ritmo respiratorio y se abre y se cierra cada pocos segundos al ritmo cráneo-sacral.
De forma natural un polo sucede al otro en perfecta armonía, hasta que de pronto aparece una opinión, un juicio de nuestro hemisferio racional. Juzgamos que un polo o una cara es mejor que otra y así decidimos, por ejemplo, que el día es mejor que la noche. Así se inicia una lucha no sólo contra el ritmo natural del cuerpo sino contra el ciclo de la vida que lleva ese mismo ritmo. Si negamos el movimiento natural entre arriba-abajo, fuera-dentro, exteriorizar-interiorizar, alegría-tristeza, risa-llanto, razón-emoción… nos resistimos al fluir natural de la vida y no dejamos que se exprese a través de nosotros. Queremos imponer nuestra voluntad y dirigir nuestro estado y el resultado es que la vida no se puede dirigir ni controlar.
Estar vivo significa moverse y nuestra vida está sujeta al movimiento entre extremos. En ocasiones nos vamos a sentir vulnerables en los límites o extremos de esos ciclos, es decir, cuando estamos en lo más alto o lo más bajo, que es donde estamos más alejados de nuestro centro. La naturaleza de ese constante movimiento ondulatorio “dentro-fuera” nos puede crear ciertas dudas y en esos momentos por miedo, inseguridad o confusión es fácil que uno quiera resistirse a esa ondulación. No aceptar esa oscilación natural intentando aferrarse a los extremos va a producir mayor confusión, una inseguridad que se autoalimenta. Cuando uno está arriba e insiste en quedarse donde está, rechazando el movimiento vital, sin aceptar los ciclos de la vida, entonces la vida empieza a empujar hacia abajo con más y más fuerza. Si la resistencia al movimiento es muy grande, la fuerza de la vida empujando es igual de grande. Ahora es cuestión de tiempo, de lo que uno consiga aguantarle al pulso de la vida. La tensión puede llegar a un punto insostenible en el que parece que le agarran del cuello y tiran de él hacia abajo, de golpe hacia el fondo, precipitándose a gran velocidad. Lo que de forma natural hubiera sido un suave descenso, ahora es una caída en picado hacia la profundidad de la oscuridad; eso es lo que llamamos “caer en una depresión”.

La depresión

Cuando uno intenta escapar de ese movimiento natural y lucha contra el ir y venir de la vida es como si intentara impedir que llegara la noche, como si uno corriera sin parar siguiendo el sol para que no le alcanzase la noche. De pronto, exhausto y vencido, la noche le alcanza y todos sus miedos parece que cobran vida: es una de las ilusiones de la depresión, los miedos se hacen reales.
La depresión es una resistencia a mirar al propio interior, es el miedo a lo desconocido, a la muerte y la negación del cambio. Toman protagonismo los sentimientos estancados, con seriedad y gravedad extrema. Es ver la vida como una lucha perdida en lugar de una serie de circunstancias que apoyan el proceso de vida.
La depresión es resistirse a entrar a vivir una parte que juzgamos oscura. La depresión nos empuja hacia la soledad para que descubramos que no existe. Lo que llamamos depresión deberíamos llamarlo “resistencia a la depresión”; el sufrimiento de una depresión no la produce la parte que nos parece oscura, sino la tremenda resistencia que uno hace para no mirar a esa parte de si mismo.
No hay valles sin montañas, ni montañas sin valles. Podemos ver el mundo externo como la montaña y el valle como el mundo interno o la metáfora de la depresión. La vida incluye ambas cosas y hay personas que dan mucha atención al exterior y poco o nada al interior. Y es posible que las personas que se resisten a mirar hacia dentro o aceptar lo que sienten, arrastren también la sensación de que algo no va bien en sus vidas, y se nieguen a mirar qué es, qué pasa, que sienten y continúen esforzándose en mirar en dirección contraria. Esa parte interior desatendida va pesando cada vez más, es como un agujero negro cada vez más potente, hasta que tiene tanta fuerza que nos mete del todo en la depresión. Y si nos seguimos resistiendo podemos entrar en una depresión de mil demonios que parecerán de verdad.

Después del miedo no hay nada

El estado natural de la persona es paz y bienestar. Ese bienestar es un estado interior que no depende de las circunstancias externas; al contrario, son las circunstancias externas las que dependen de nuestro punto de vista y, de forma más amplia, de nuestro estado interior. Lo que ocurre por fuera, lo que llamamos “realidad”, es una manifestación externa de lo que creamos por dentro, que se manifiesta como un reflejo. Según nuestras creencias y nivel de conciencia, la experiencia de “realidad” aparece en una gama que puede ir desde éxtasis a la paranoia.

Cuando vivimos un acontecimiento y nos aparece una sensación que tomamos como desagradable no la queremos sentir y nos desconectamos de nuestro mundo interior. Nos resistimos a sentir nuestras emociones, los sentimientos de dolor, tristeza, rabia, frustración, amor, odio, desesperación o soledad. Parece que los acontecimientos externos nos arrastran y nos convertimos en víctimas de nuestra creación. Podemos utilizar estos acontecimientos externos para devolver nuestra atención hacia el interior, poniéndonos en contacto con nuestras emociones para sentirlas tal y como se presentan, que es una forma de aceptación.

“Si no estás dispuesto a aceptar lo que ha pasado –el acontecimiento externo- puedes cuidar y aceptar la sensación interna que te produce. Sentir y aceptar es la forma de conectar con nuestro interior. El sufrimiento es el resultado de intentar no sentir el dolor, apartando, reprimiendo o rechazando esos sentimientos.”

Tapando y reprimiendo los sentimientos impedimos que salgan completamente, que es la forma de interrumpir el movimiento natural dentro-fuera. Si nos permitimos sentir completamente la emoción o el sentimiento, dejando que nos lleve, el movimiento continúa. Pronto llega al fondo y empieza a transformarse; entonces el movimiento es hacia fuera. Si cuando tenemos una pena, en lugar de sentirla y darle la atención interior que nos pide, intentamos mirar hacia otro lado, hacia el exterior, distraernos, salir, ir al cine o de compras, el movimiento natural se interrumpe y empieza a generar tensión.

“Si la resistencia continúa llega un momento en que el dolor es tan intenso que no te permite mirar hacia otro lado y es tan profundo que te sumerge de tal manera que parece que no hay salida. Es como estar en medio de un pozo sin principio y sin final, sin luz y con un miedo terrible a caer. En el límite te puedes sentir paralizado revolcándote en lo más oscuro y bajo de ti mismo, en un lugar terrible donde jamás creías que podías llegar, y con un miedo atroz de ir un poco más allá.”

Si la atención al interior es nula o muy deficiente, el mundo interior toma una fuerza descontrolada y en el extremo el depresivo puede sufrir delirios y alucinaciones que son esas dimensiones interiores ocupando el exterior: se trata del mundo interior imponiendo su película en el mundo exterior.
Ese estado aparentemente inaceptable viene de alguna parte de la persona que está intentando expresar algo, una parte que no ha sido atendida, que no se ha sabido o querido atender y ahora se ha desbordado.

“Si estás ahí, ese es el límite, no hay más. Parece que cualquier cosa es mejor que dejarse caer, incluso la muerte y no es verdad. Aunque se haya desbordado y parece que te está destruyendo, aceptar que esa energía es tuya es transformador. Se trata de energía bruta, no es ni buena ni mala, y pide ser transformada para ser útil y darte su regalo”.
“Aún después de aceptar esa energía, puede que sigas con un miedo atroz de ir un poco más allá. Si sigues agarrado y con miedo a soltarte va a llegar un momento en el que no podrás más, fallarán las fuerzas y tendrás que abandonarte a la vida; así que en cualquier caso vas a tocar fondo, y ya que vas a tocar fondo mejor que sea con tu voluntad. En lugar de rechazar ese pensamiento terrible, trata de aceptarlo, haciéndote un poco más consciente de este proceso natural. Esto es lo más importante del proceso: es bueno saber que después del miedo no hay nada, NADA. Es como cuando enfrentas al monstruo en el sueño: Le puedes pedir un regalo. Así que no utilices la poca fuerza que te pueda quedar para agarrarte a lo conocido, utiliza la fuerza para empujarte hacia abajo, hacia lo desconocido. Confía, no temas ir más abajo, al llegar al fondo vas a transformarlo, a salir por el otro lado, vas a rebotar contra el suelo y pronto, siguiendo el curso natural de la vida, te encontrarás la superficie.”

La respiración consciente
La respiración consciente es una técnica para interiorizarse. Consiste en poner la atención en la respiración, sintiendo la entrada y salida del aire en alguna parte del cuerpo. Se puede notar el rozamiento del aire en las fosas nasales, el pecho, el movimiento del diafragma empujando el área abdominal, o en cualquier otra parte que se elija. La clave está en poner la atención en la respiración.

“Aún poniendo la atención en la respiración van a aparecer pensamientos y es posible que algunos que creas que son atroces. Lo que puedes probar y lo puedes hacer con todas tus fuerzas, como si te fuera la vida en ello es, que cuando aparezca un pensamiento, sea el que sea, sin juzgar el pensamiento, vuelvas a poner tu atención en la respiración, en el cuerpo. Una vez más aparecerán pensamientos y aunque puedas creer que son terribles, una y otra vez vuelves a poner la atención en tu cuerpo, en la parte física, que sigue estando ahí sin juzgar. Es la mente la que juzga, no el cuerpo. Devuelve la atención una y otra vez a la zona del cuerpo donde puedas notar la entrada y la salida del aire o más adelante en las zonas donde sientas movimiento. Observa la quietud de tu cuerpo y observa también ese movimiento interior sin juzgarlo. Retira la atención de tu tormenta mental y suavemente devuélvela a tu respiración.”

Si nos levantamos un día bajo de ánimos, sin ganas de nada, o con ganas de interiorizarnos, de estar solos, no tenemos porqué vivirlo como un problema. Los días que está llueve o está nublado son también parte de la vida y tienen su propia belleza. Vívelo, exprésalo, “¡estoy bajo de ánimo y no pasa nada!”. Los días soleados no son mejores que los nublados, ni al revés. Lo importante es mantenerse consciente de nuestro estado, de nuestras emociones y vivirlas sin juzgarlas. El sol está siempre ahí, aunque esté nublado.

La diferencia entre una persona deprimida y una inspirada es el juicio del propio autor sobre su creación. El primero cree que su obra es terrible y quiere esconderla, el segundo que es sublime y quiere expresarla. El primero crea un infierno, el segundo una obra de arte. Si estás viviendo un estado que está en la gama depresión-inspiración, no importa el nombre que le pongas, es la vida empujando para expresarse a través de ti. ¿La dejas pasar y expresarse?

 

® Josep Soler Sala.
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